Reseña: El Abencerraje



Eugenia Fosalba (estudio y notas), El Abencerraje, edición, Madrid, Real Academia Española (Biblioteca Clásica de la Real Academia Española, 33), 2017, 353 pp.


La Biblioteca Clásica de la Real Academia cuenta con otro exquisito título en su excelente y célebre colección: El Abencerraje, una cautivadora novelita de mitad del siglo XVI, de prosa ágil y emotiva con visión humanista, considerada el mejor exponente de la narración morisca. Esta edición, al cuidado de Eugenia Fosalba, es digna de todo elogio: su propuesta ofrece respuestas muy decisivas a las lagunas que siempre han acompañado al texto en su trayectoria crítica: ¿quién es el autor de la Crónica?, ¿cuál es la evolución textual de las diferentes versiones?, y/o ¿fue Montemayor quién firmó la versión inserta en la Diana? La aportación de Fosalba es, en este sentido, con todas las observaciones que se quieran, un adelanto indiscutible en los desafíos planteados, y constituye un aporte fundamental en la historia literaria del texto.
La edición presenta las tres versiones distintas del Abencerraje en un único volumen; un feliz acierto que permite al lector consultar y valorar por sí mismo las cualidades de cada una, porque, aunque parecidas –nos dice la editora- «se percibe en cada una de ellas la impronta de sensibilidades artísticas distintas, que reescriben según un criterio estilístico dispar esa tela de Penélope en que terminó convirtiéndose el Abencerraje» (p.83).
Abre el telón el texto de las tres versiones para su lectura inmediata. Sigue un nutrido estudio de casi 180 páginas al que Fosalba se ha implicado intensamente, como así se desprende de su dominio sobre la materia en las cuestiones más importantes y novedosas del Abencerraje. La monografía se ha estructurado en siete epígrafes, que revisan las versiones, las autorías, el trasfondo histórico, las fuentes, la fortuna del texto y la edición.
En un primer apartado –La tela de Penélope-, la editora nos presenta brevemente las singularidades de las tres ediciones. La versión más antigua, conocida como Crónica (Crónica del ínclito infante don Fernando), es la que más se aproxima al texto original, de carácter oral, escrita no antes de 1548 «porque el contrato  matrimonial entre Dembún y doña Blanca de Sesé data de ese mismo año, antes del cual no podían haber nacido los amados sucesores a  que aluden los preliminares » (p. 187). Nos han llegado dos ejemplares del mismo año (Cuenca y Toledo, 1561) en un formato -semejante a los pliegos sueltos-, que ha dificultado su resistencia al paso del tiempo. Los testimonios están seccionados, afortunadamente, en diferentes páginas, por lo que se complementan. Esta versión, muy desdeñada por la crítica (obra de un «baturro desmañado» en palabras de Bataillon), dejó un espacio crítico muy útil que la editora ha aprovechado con una edición crítica anotada y justificada dentro de las coordenadas interpretativas modernas, y constituye otro de los mayores atractivos de esta edición. Respecto a la segunda versión, esta apareció en el Inventario de Antonio de Villegas, una miscelánea de varias piezas que el autor fue recopilando a lo largo de tres lustros, pero que no vio publicado hasta 1565, en Medina del Campo, cuya licencia de impresión data de 1551. Es la más lograda de las versiones y la que ha gozado del beneplácito de la crítica «dada su pulcritud y austeridad lingüísticas». La tercera versión, la más leída y difundida, es la que se insertó al final del libro IV de la Diana de Montemayor, en una edición vallisoletana que se acabó de imprimir en enero de 1562, el mismo año de la muerte del escritor portugués. Es la versión más alejada del texto original con más licencias, y «constituye una bella recreación que amplía la faceta psicológica y sentimental del relato, al tiempo que musicaliza es estilo neutro de las versiones anteriores» (p.85).
Tras este breve repaso, se dedica un capítulo -Autorías de las tres versiones- al espinoso problema de la identidad del autor de la Crónica. En este frente, la editora muestra especial entusiasmo en atribuir la versión más primitiva del Abencerraje a Jerónimo Jiménez de Urrea, hombre de temperamento humanista, militar y escritor, responsable de la famosa traducción del Orlando furioso y la Arcadia. Las valiosas apreciaciones de Soledad Carrasco sobre el ambiente cultural de Épila desempolvaron la figura de este «interesantísimo personaje» que tuvo un papel muy destacado en esa zona aragonesa junto a Garcilaso, Gutierre de Cetina y el duque de Sessa. A partir de la pesquisa de S.Carrasco, se reconstruye una breve, pero certera biografía del escritor, que relaciona al personaje con el texto, y permite considerar, aunque no de manera definitiva ni perentoria, la candidatura del escritor aragonés como plausible. Jiménez de Urrea, hijo ilegítimo y huérfano del Vizconde Biota, se crió bajo la protección de los señores de Épila, de donde era oriundo, Jerónimo Jiménez Dembún, señor de Bárboles y Oitura, a quien va dirigido el Abencerraje más antiguo. Los datos exhumados vincularían a Dembún y su esposa (Doña Blanca Sesé, también aludida en la dedicatoria del Abencerraje) con Jerónimo Jiménez de Urrea, porque el autor aragonés estaba emparentado con Pedro Manuel, hermano del segundo conde Aranda, y esposo de la tía carnal de doña Blanca, a quien dedicó las octavas añadidas a la traducción del Orlando. El lazo familiar habría propiciado, por consejo de doña Blanca a su esposo, una obra de encargo como el Abencerraje que se ajustara a las necesidades de las circunstancias convulsas de Aragón a finales de los años 50. Según parece, Dembún destacó por su intensa actividad política a favor de la convivencia pacífica entre moros y cristianos, y en contra de los avances del Santo Oficio, y que lo relacionarían «con los ideales que respira el Abencerraje» (p.86). Otro dato que conviene retener es la larga estancia de Urrea en Italia, desde 1536 hasta 1547, donde participó en distintas campañas militares junto a Garcilaso y Guillén, hijo de Hugo de Moncada, y que favoreció en un proceso de formación el conocimiento de la lengua vernácula italiana, aspecto que comparte con el autor de la novelita como se desprende de los datos que van aflorando a su lectura. Es más, su permanencia en el extranjero pudo favorecer que perdiera el control de un opúsculo como El Abencerraje», y habría propiciado «que la obra se plagiara y remozara sin obstáculos aparentes al menos por dos autores más, rivales entre sí, deseosos de ser aceptados en la corte española: Antonio de Villegas y Jorge de Montemayor» (p.99). La editora remata su hipótesis con el cotejo de dos obras de Jerónimo Jiménez de Urrea (Don Clarisel de las flores y el Diálogo de la verdadera honra militar) con El Abencerraje, que registran reminiscencias y puntos de contacto. Las escaramuzas, las descripciones de ropajes, el ambiente neoplatónico que irradian algunos poemas de Don Clarisel, etc., evocarían «la prosa en tantos momentos poética del Abencerraje» (p.89); luego, los discursos sobre la virtud y la nobleza, la ausencia del espíritu combativo, la tolerancia racial y religiosa, la compasión con el derrotado, la actitud dialogante, la amistad y la debilidad emocional del personaje del Diálogo, etc., son pragmáticos comportamientos que asoman también en la Crónica. Un último dato oportuno: no hay noticia alguna de Urrea desde 1557 hasta 1560, vacío que coincide con la probable fecha de composición del Abencerraje más primitivo.
No menos interesante es la sólida defensa de atribución a Jorge Montemayor el Abencerraje pastoril (tesis defendida por la editora en trabajos anteriores, y consensuada a día de hoy por la mayor parte de la crítica). En esta edición se perfecciona la hipótesis con una pormenorizada demostración que revela las afinidades estilísticas existentes entre la Diana y el Abencerraje pastoril en un apartado riguroso y paciente (capítulo 5), que avanzo aquí por la conveniencia del asunto. Los usos compartidos entre ambos textos son las perífrasis, los adverbios intensificadores, los superlativos, las locuciones de engarce, los verbos, algún lusismo, las estampas parecidas, las lecturas literalmente idénticas, etc. Concomitancias que señalarían, de manera indubitable, que detrás de la Diana y la versión pastoril está la pluma de Montemayor. Se afina más la hipótesis con tres lúcidas reflexiones que avalarían la candidatura:
1-        La mayoría de las oraciones en la Diana son negativas; uso notable que se incrementa en el Abencerraje pastoril. Característica obviada por la crítica más solvente que la editora no duda en reprobar.
2-        La aparición en la Diana de otro relato inédito junto al Abencerraje, esto es, la Historia de los muy constantes e infelices amores de Píramo y Tisbe, de cuya autoría nadie duda.
3- Las palabras de Lope de Vega en la dedicatoria de El remedio en la desdicha «Escribió la historia de Jarifa y Abindarráez, Montemayor, autor de la Diana, aficionado a nuestra lengua, con ser tan tierna la suya…». (p.234).  
Cierra el capítulo las afrentas literarias entre Montemayor, Urrea y Villegas. El escritor portugués habría menospreciado el trabajo tanto de Urrea como de Villegas, y este último se habría burlado de la obra de Montemayor. La animadversión profesional explicaría por qué la versión del medinense, publicada cuatro años después de la Diana, no registra ningún tipo de contaminación del texto del lusitano «Es impensable que Villegas cotejara (para utilizarlas como testimonio base) la versión de Montemayor al escribir la suya […] El texto que edita Villegas en su Inventario jamás se contamina con las muy abundantes amplificaciones de la versión de la Diana. Y las puntuales contaminaciones que hay en otros pasajes no son fruto de la voluntad estilística del autor que escoge entre dos modelos al compararlos, sino que obedecen a la existencia de un subarquetipo que se sitúa entre la Crónica y el Inventario» (p.120).
Otro de los problemas irresolubles hasta el momento del Abencerraje tiene que ver con el mito que se creó alrededor de la casta de los Abencerrajes, y su supuesto «fondo de verdad». En el capítulo tercero -Trasfondo histórico del Abencerraje-, la editora se plantea si el linaje granadino fue tan heroico como lo describen las crónicas, los romances y las Guerras Civiles de Hita; y si la matanza de Abencerrajes a que alude el cuento tiene el mínimo asidero en la realidad. El dilema no parece tener pronta resolución a falta de fuentes fiables sobre el siglo XV granadino; las últimas aportaciones indicarían que algunos personajes considerados históricos como Muhanmad X el cojo y Ali-Al-Amin han sido fabulaciones de cronistas, desmoronando buena parte de la historia de la leyenda de esta estirpe. La editora repasa los textos pseudohistóricos que actuaron como posibles fuentes de este «delicado relato» y constata que en algunos romances como «Paseábase el rey moro» y «Junto al vado de Genil» se adivinan destellos de la obrita; y entre las crónicas castellanas, los Hechos del condestable don Miguel Lucas Iranzo y la Relación de algunos sucesos de los últimos tiempos del reino de Granada de Hernando de Baeza habrían dejado la semilla de la leyenda de la decapitación de los Abencerrajes en el Patio de los Leones de la Alhambra. La turbia y escasa documentación hace difícil saber «cuál pudo ser el núcleo primitivo que dio origen al relato tal y como se lee en las versiones que han llegado a nosotros […] lo único que podemos afirmar con certeza  es que el Abencerraje se escribió por los años en que se publicaron las primeras grandes antologías  de romances, y después fecundó no solo la novela histórica –con sus famosas interpolaciones poéticas, dando comienzo con las Guerras civiles de Hita-, sino que también tuvo enorme fortuna en el romancero nuevo» (p.136). Concluye el epígrafe con las fuentes literarias que sirvieron de inspiración al autor del Abencerraje. Se constatan tradiciones literarias de diferente raigambre en la paleta de colores de este lienzo amoroso que es El Abencerraje. Afloran en sus páginas ecos de romances fronterizos, crónicas y lances caballerescos, aderezados con finos conocimientos de la literatura vernácula italiana. Se filtran escenas de la práctica sentimental renacentista italiana de la Fiammeta y el Filocolo, de Boccaccio, refinados con matices de Sannazaro y la dulzura de Garcilaso.
En el siguiente capítulo –Impacto de la novela morisca en Europa-, se reflexiona sobre el alcance, las imitaciones y la maurofilia que suscitó del Abencerraje en la literatura europea. En España, algunos romances de cancioneros dispersos (1570-1583) se inspiraron en los protagonistas del cuento, pero no es hasta 1595 cuando Ginés Pérez de Hita escribe la novela pseudohistórica las Guerras Civiles de Granada, primer intento serio que amplia y recrea el relato de Abindarráez y la hermosa Jarifa; una extensa narración -armada a base de textos históricos, romances fronterizos y moriscos llenos de fantasías-, donde se dilata hasta la extenuación la factura amorosa. Fuera de nuestras fronteras, en Francia, el cuento se dio a conocer gracias al éxito de la Diana de Montemayor en la edición Vallisoletana que tuvo una ferviente acogida. Consta que las Guerras Civiles de Granada se tradujeron también, en 1608 (dos años después de su publicación en tierras galas), desatando una atracción por la narrativa de tema moro como se ve en la proliferación en el imaginario francés de caballeros nazaríes. A partir de los paradigmas españoles, vieron la luz: Almahide de Scúdery, Zaïde y la Princesse de Clèves, de  Madame de La Fayette. Por el contrario, en Inglaterra y en Italia el tema morisco apenas arraigó; el italiano Balbi Corregio vertió en verso la novelita en 1593, y en la Duocento novelle (1609) aparece la Liberità grande usata ad un moro da Federico Narváez. En dominios ingleses, John Dryden llevó a las tablas The conquest of Granada by the spaniards, en 1670, y un siglo y medio después, en 1828,  Irving rescata el tema de los últimos años de Granada en su Chronide of the Conquest of Granada.
Muy valiosas son las páginas dedicadas a la Historia del texto. Es un capítulo abigarrado de contrastes textuales, largamente meditado, pero lejos de leerse latoso es sumamente amable con el lector por su claridad expositiva. En él se disipan las dudas sobre la precedencia de los dos testimonios de la Crónica, aparecidos el mismo año. Todo parece indicar que proceden de un arquetipo que debió circular manuscrito por los errores que ambos ejemplares comparten. Un pasaje deturpado del testimonio de Cuenca, por error del copista, pudo enmendarse tras cotejarse con el testimonio de Toledo (descubierto, en 1957, por Romeau), detalle que indicaría que la Crónica toledana es anterior a la de Cuenca. Sigue el capítulo con el escrutinio de las tres versiones; en un depurado análisis, Fosalba señala las variantes más representativas de la evolución estilística del texto para catar sus méritos respectivos, y establecer un orden cronológico de las versiones. Tras el contraste, se llega a conclusiones muy significativas:
1-La Crónica es anterior a las otras dos versiones. Teoría esbozada anteriormente por K. Whinnom, quien enmendó el error de enfoque de la crítica textual del Abencerraje, que hasta entonces había incorrectamente considerado la versión de la Crónica posterior a la versión del Inventario. La editora supera la conjetura del crítico inglés con aportaciones inéditas que ponen más claramente al descubierto la intervención por parte de Villegas en ese arquetipo cercano a la Crónica del que él mismo hubo de partir para la edición. Los indicios irrefutables de la anterioridad de la Crónica respecto a I y D serían las notas eróticas y las palabras malsonantes incluidas en algunos pasajes de C que se tijeretean en  I  y en D. Se observa en el fragmento en que Abindarráez revela al capitán cristiano el grado de adoración que profesa a Jarifa. En C se lee: «Todo mi pensamiento era en ella, tanto, que muchas veces lo levantaba a entender cuál había sido su hacedor para adorarle por supremo bien (p.21); I retoca y poda: «todo mi pensamiento era ella» (p.46); y la Diana, sencillamente, lo elimina. Los sucesos en exceso cronísticos y los rasgos de oralidad de la Crónica (reiteraciones de vocablos, errores de concordancia, desajustes sintácticos, frases a la deriva, improvisaciones, vulgarismos, aragonesismos, arcaísmos, abuso de la conjunción copulativa, etc.), son aspectos que se corrigen en las ediciones que vienen detrás en un claro proceso de estilización. C escribe: «en la cinta traía una hermosa cimitarra y traía una adarga grande» (p.11); I lee: «Traía una darga y una citimarra» (p.40), y D reelabora: Traía una adarga en el brazo izquierdo, muy grande, y en la derecha mano» (p.62). Otro ejemplo señalado por la editora es cuando Abindarráez empieza a sentir la ausencia de su amada. Se lee en C: «Y a cualquiera parte que me volvía, hallaba su imagen en mis entrañas transformada tan al natural cuanto a ella natura debujó» (p.20); I escribe: «donde quiera que volvía la cabeza, hallaba su imagen, y en mis entrañas, la más verdadera» (pp.45-46). D profundiza todavía más en la faceta platónica y resuelve: «a doquiera que volvía la cabeza, hallaba su imagen y trasunto, y la más verdadera, trasladaba en mis entrañas» (p.68).
2- Las lecciones comunes a la Crónica y la Diana, y las lecciones solo comunes al Inventario y la Diana demostrarían que la Diana se compuso no únicamente con la Crónica delante, sino que manifiesta tener conocimiento de cambios introducidos por el Inventario. Se ve muy bien en el pasaje de la escaramuza, donde asoma la intervención del narrador «algunos dicen…» (p.63), porque conoce el cuento con soluciones distintas y zanja bajo su criterio. En resumen, el Inventario solo se habría apoyado en la Crónica (en un texto anterior), la Diana respeta todas las grandes podas del texto de Villegas, y, en ocasiones, la Crónica contamina la Diana a través de lecciones puntuales aportadas por el Inventario. Por lo que se concluye que habría circulado un manuscrito intermedio entre C e I, un primer texto de I, sutilmente pulido, que se movería por los círculos vallisoletanos, y que Villegas pudo acabar de retocar con la inserción del cuento del anciano (inspirado en la primera novela de Il Pecorone de G. Fiorentino) mientras preparaba su miscelánea, y del que se nutrió el autor del Abencerraje pastoril.
3-En el caso de la versión de la Diana, Fosalba constata depuraciones en los motivos bélicos, amplificaciones descriptivas en la interpolación de células (la sextina), y una audacia en la reorganización sintáctica que aporta elasticidad y musicalidad al texto. Habilidades que perfilarían el temperamento de un redactor que, lejos del plagio, prefirió aumentar este tesoro literario del Renacimiento «con la gracia añadida de cautivar a quien la leía merced a un dulce balanceo emocional y rítmico» (p.251).
Concluye el estudio literario-cultural con Esta edición. Para la transcripción de los tres textos de El Abencerraje, la editora ha adaptado la grafía según las exigencias de las ediciones contemporáneas de los textos áureos. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre en las versiones del Inventario y de la Diana, con un sabor estilístico más actual, en la Crónica se ha respetado algunos rasgos lingüísticos peculiares para ofrecer el texto más fiel al original, evitando una modernización radical como se ha llevado a cabo con otros textos de la Biblioteca Clásica. Se mantienen los aragonesismos y formas verbales arcaicas, con el objeto de «crear el efecto de una suave patina arcaica» (agora por ahora, recaudo por recado, zurujano por cirujano, etc.), todo un acierto. Las normas de anotación siguen los criterios de la Biblioteca Clásica en dos niveles: a pie de página y en sección aparte, dirigido a un público amplio que va desde los que carecen de especial formación, y al estudioso, historiador o filólogo. Las notas son muy útiles porque permiten seguir la lectura y señalan puntualmente los cambios más relevantes entre las tres versiones; las complementarias son especialmente ricas en información: (toma de Antequera p.308), (incesto p.319), (las marlotas p.311), y permiten aquilatar datos cuando al lector le plazca.
Culmina el volumen con dos anexos: una selección de fragmentos de la primera parte de las Guerras civiles de Granada (1595) y la Historia del moro Narváez, alcaide de Ronda, considerado, este último, como posible bosquejo del que partió la novelita.
En el «Aparato crítico», Fosalba ha cotejado las dos ediciones de la Crónica: Toledo, 1561 (Miguel Ferrer, testimonio Ch) y  Cuenca, 1561 (testimonio C); tres del Inventario: Francisco del Canto, 1565 (testimonio A),  Hieronimo de Milis, 1577 (testimonio B), y la edición de López Estrada, 1980 (testimonio L). En cuanto a la versión de la Diana se han contrastado hasta once ejemplares. Cierra la edición las «Notas complementarias» y una crítica y adecuada «Bibliografía».
Con gran entusiasmo recibimos esta espléndida edición del Abencerraje. Eugenia Fosalba ha elaborado un estudio con tanta sensibilidad e inteligencia que lo hace atractivo y estimulante para cualquier lector. Si El Abencerraje es una lectura emocionante (así la debió considerar Cervantes al aludirla en el Quijote), no menos fascinante ha sido descubrir sus secretos con la destreza de su editora.



INICIATIVA BLOGUERA: Ningún autor sin reseña



Estimados amigos:

Hoy traigo una nueva iniciativa que el blog LA CONTRAPORTADA, me ha descubierto y en la que estoy encantada de participar!
Me ha parecido muy buena idea, ya que se trata de ayudar a aquellos autores independientes y autoeditados que intentan hacerse un hueco en el panorama literario. Como bien dice mi compañera bloguera, existe mucho talento oculto que la gente desconoce debido a la falta de promoción. Es por eso mismo que muchos autores y pequeñas editoriales se ponen en contacto con nosotros, los bloggeros.


El problema, es que a veces un autor nos manda un libro en concreto que no nos atrae demasiado o no entra en nuestros géneros habituales. También pasa que hay épocas en las que estamos desbordados de libros y otras en las que no nos mandan ni microrrelatos. De ahí esta iniciativa! NINGÚN AUTOR SIN RESEÑA.

Cuando a un bloggero le envíen un libro que no pueda leer porque no le gusta mucho su temática, puede enviárselo a otro bloggero que sí esté interesado en ese libro o en su género. De ese modo, el autor conseguirá la reseña que merece, el primer bloggero no se verá obligado a darle puerta y el segundo bloggero obtendrá un libro con el que disfrutará. En cualquier caso, los tres se promocionarán.

Las condiciones son:

1. - Los blogs que participen en NINGÚN AUTOR SIN RESEÑA deberán exponer el logo del concurso en su blog, crear una entrada con las instrucciones de la iniciativa (podéis hacer un corta-pega o enlazar al post de este blog) y añadir un apartado en el que ponga PREFERENCIAS DE ESTE BLOG. En este apartado incluirán sus géneros preferidos y (si quieren, puesto que no es obligatorio) un wishlist de libros que desea leer o autores que le gustan.


2. - Cuando un blog [blog 1] le envíe un libro a otro blog [blog 2], debe informar al autor de la obra o a la editorial de la identidad del blog que finalmente hará la reseña [blog 2].


3. - El primer bloggero [blog 1] tiene derecho a publicar en su blog la reseña del segundo bloggero [blog 2], pero siempre indicando su autoría y adjuntando el banner y el enlace del blog fuente [blog 2]. Asimismo, el segundo bloggero debe indicar que ha sido el blog 1el que le ha enviado la novela para reseñarla, con los correspondientes banners y enlaces.


4. - Todas las reseñas de libros que hayan surgido de esta iniciativa deberán ir acompañadas de una mención a la iniciativa en sí (el logo, el nombre, un hipervínculo...).


5. - Todos los blogs que quieran participar en esta iniciativa deben mandar un email a lacontraportadablog@gmail.com con el nombre del blog, el nombre del administrador, un enlace al blog, y el apartado de PREFERENCIAS DE ESTE BLOG para ser publicados en la LISTA DE BLOGS DE NINGÚN AUTOR SIN RESEÑA.


ESTAS SON LAS PREFERENCIAS DE ESTE BLOG

Literatura, novela histórica, ficción, divulgación, literatura clásica, moderna y contemporánea, ensayo, biografía, crítica social, etc.

Reseña: La Luz de Saint Etiel, de Muriel V. Baldrich, Letrame, 2019


Estamos de enhorabuena porque se ha publicado La luz de Saint Eltiel, de Muriel V. Baldrich, un apasionante relato de intriga y misterio que viene a hacerse un hueco, y -a riesgo de parecer videntes-, asegurarse en el espacio literario actual, muy rendido a diluirse en el enmarañado océano de títulos que asoman cada día.
La luz de Saint Etiel proyecta luz. ¡Qué analogía tan cómoda!, dirán algunos, pero que exacta. Créanme. No exagero. Desde las primeras líneas, el lector registra algo distinto, algo mágico que lo envuelve en una atmósfera reconocible, aunque ajena, posible; si bien ficticia, razonable. El relato, pues, en sus inicios, no engaña, muestra la baraja con la que el lector jugará hasta el final de la historia: estilo sencillo, dinámico, de rápida lectura, que pellizca al lector desde el primer capítulo, y que evidencia una potestad férrea sobre la palabra y la narración de su autora, aspectos, por otra parte, excepcionales en la pluma de una escritora novel como es el caso.
Muriel V. Baldrich, psicóloga de profesión, aterriza en el panorama literario sin más alas que las de su imaginación y habilidades narrativas, maridadas magistralmente, convirtiendo el relato en un texto apacible, sugestivo y entretenido, pero también fructuoso, que nos evoca ineludiblemente a la máxima clásica atribuía a Horacio: Aut delectare, aut prodesse est” (enseñar deleitando). Porque si la narración cautiva por su dosis de intriga, sus diálogos frescos y personajes cabalmente proyectados, convence por sus chispazos de conocimiento (menciones a escritores, filósofos, pintores, músicos, etc.) que nutren sabiamente la novela.
La historia, contada en primera persona, nos remite a un presente muy actual, el de su protagonista, Danae, estudiante de Filosofía, que tras la visita de un antiguo amigo de su padre fallecido, se ve obligada a trasladarse al tranquilo pueblo la Saint Etiel para continuar sus estudios en su prestigiosa Universidad La Luz. En este lugar, tan acreditado como enigmático, la protagonista vivirá una serie de sucesos que la enfrentarán con su pasado familiar, no parco en episodios oscuros y desconocidos para ella, que pondrán en jaque su integridad física y la de sus leales amigos. En este accidentado periplo de la heroína se producirá una curiosa simbiosis entre protagonista y construcción histórica, porque si esta última se erige como el haz iluminador del intelecto, solo la luz interior de Danae permite que los secretos se conozcan.
La trama bien hilvanada adolece de los extravíos e irrupciones que provocan los trillados flaixback, que ralentizan la marcha de la acción y -poniéndonos en lo peor- la desconexión del lector. Pero hay más, los diálogos y las descripciones brillan por su expresividad y naturalidad, sacados de la vida misma, yo añadiría: vividos de la vida misma. Mientras que los personajes secundarios, si no tan importantes como su protagonista, están finamente diseñados, resultan muy creíbles en sus matices psicológicos, que traicionan a todas luces la profesión de su autora (psicóloga), y ponen el broche de oro al lienzo de la realidad ficticia.
En resumidas cuentas, estamos ante una novela original por su frescura y espontaneidad y engañosa sencillez, capaz de hacer las delicias de cualquier lector, muy especialmente el juvenil que, tan abandonado a las redes sociales, puede encontrar en sus páginas un placer similar al virtual. Démosles la oportunidad de que la Luz les ilumine, y ya me dirán.

La pícara Justina: una deformación paródica del Guzmán

La pícara Justina


El impacto que la publicación en 1599 tuvo el Guzmán de Alfarache en la literatura europea del siglo XVII se puede comparar por el número de ediciones que conoció la obra de Mateo Alemán. Ciertamente, tuvo más reediciones que el propio Quijote en esa centuria y fue modelo de muchos epígonos. Esa impronta se constató cuando en 1605 se encontraban en las prensas ibéricas la Segunda parte del Guzmán, la primera parte del Quijote y La pícara Justina, viendo primero la luz, esta última.
Es incuestionable a día de hoy, que La pícara Justina debe entenderse —después de las teorizaciones de Bataillon, revalidadas por Márquez Villanueva y consensuadas por otros críticos[1]— como una obra de burlas, dobles juegos, ironías, contradicciones y jeroglíficos, concebida para entretener a los cortesanos que en tiempos de Felipe III se habían instalado en Valladolid. La burla y el «disfraz» alcanzan todo, incluyendo el esquema picaresco y la retórica del «canon», esto es, el Guzmán de Alfarache. En otras palabras, el Libro de entretenimiento imita y ridiculiza la estructura y la filosofía adoctrinadora del Guzmán. Así pues, la crítica reconoce que la obra es, esencialmente, una imitación y sátira tácita contra los fines y la estructura del Guzmán (1599) y sus continuaciones; la apócrifa, y por extensión, a todos aquellos libros con similar propósito.
La parodia al texto de Alemán está avalada por una serie de referencias y guiños al personaje, y por la adaptación de algunos rasgos esenciales del género picaresco, pero —y aquí se constata la novedad—trastocados.
La primera referencia, que adscribe la obra al Guzmán, es el título. El autor, aprovechando el éxito del Libro del Pícaro, elabora un texto lleno de cinismo donde una seudopícara se pasea por diferentes romerías con el objetivo de divertir a un público cortesano. Su autor bautiza su obra como La pícara, e invita al lector a que la entienda como una réplica a la Vida del pícaro Guzmán de Alfarache. La siguiente noticia que da fe de su procedencia, la encontramos en la ilustración de la Nave de la vida picaresca, donde en el frontispicio, vestido de mendigo y sosteniendo un bordón aparece Guzmán de Alfarache. Más adelante, entrados ya en la lectura, en el «Prólogo al lector», López de Úbeda afirma haber «aumentado» su obra después de la publicación del Guzmán: me he determinado a sacar a luz este juguete, que hice siendo estudiante en Alcalá a ratos perdidos, aunque algo aumentado después que salió a luz el libro del Pícaro, tan recibido (2007:16). En el «Prólogo sumario», Justina escribe una carta a Guzmán de Alfarache, antes de celebrarse el casamiento con él, donde dice ser su novia. Y en «La pícara novia» Libro cuarto, finaliza el relato afirmando estar casada con don Pícaro Guzmán de Alfarache: «mi señor, en cuya maridable compañía soy en la era de ahora la más célebre mujer que hay en corte alguna» (p.475). Estas referencias extratextuales al Guzmán de Mateo Alemán se completarían con el pliego suelto del romance de las Bodas de Guzmán de Alfarache con la pícara Justina, que se publicó en Barcelona en 1605[2]. La filiación al Guzmán también se da en pasajes concretos: si Guzmán engaña a un judío con un agnusdéi, Justina hará lo propio con un agnusdéi de plata; si el pícaro es mendigo, la pícara se disfrazará de beata, si el abolengo de Guzmán consta de unos padres y una abuela, en el caso de Justina se remontará a sus tatarabuelos. El episodio de Arenillas en la ermita de nuestra Sra. del Camino de León, donde se ridiculizan algunos licenciados y bachilleres tendría cierto parecido con Romería de Sta. María de Val del Guzmán en la que se retratan las costumbres de los estudiantes de Alcalá. Los hurtos constantes en el mesón de los padres de Justina y el ingenio de la protagonista para sobrevivir siguen también el modelo homónimo. No acaban aquí las analogías; Bataillon vio en el marco de ambas obras ciertos parecidos, esto es, narradores que escriben sus vidas en el ocaso de esta, y en el matrimonio ventajoso de Justina que tiene su modelo en el reconocimiento social de Guzmán y Lázaro. Otros aspectos metalingüísticos también han sido señalados por Cabo Aseguinolaza como la comunicación de abajo arriba; y Luc Torres señala algunas expresiones escatológicas, que afloran en ambos textos y que son de indudable parecido. Estas reminiscencias demostrarían que el autor de La pícara Justina se sirvió del «modelo» para llevar a cabo su imitación burlesca.
Además de las conexiones señaladas, se observan en el texto otras aproximaciones al Guzmán de carácter intertextual y/o veladas, que la crítica ha interpretado. La más evidente es la sátira y burla que se hace al discurso didáctico del libro de Alemán. El Guzmán se concibe como un libro de adoctrinamiento, «Atalaya de la vida humana». López de Úbeda o Navarrete cree que Alemán desvirtúa el discurso picaresco, y como reacción, propone una protagonista cabecilla de esa picaresca anti-Guzmán: «Lamáronme Justina porque yo había de mantener la justa de la picardía». Una pícara que se burla de las pruebas de sangre y se enorgullece de la nobleza de su picardía (pícara por ocho costados).
Ciertamente, el escritor sevillano siguiendo la moda de la segunda mitad del siglo XVI[3] incorpora la prosa doctrinal en su registro estilístico para lograr solemnidad y grandilocuencia al discurso. Alemán aplica un arsenal de recursos siguiendo las elegancias retóricas de Cicerón. El Guzmán incluye en su organización discursiva las nuevas prácticas de prosa dogmática, con abundantes digresiones moralizantes, propias de la estructura retórica de carácter sermonario. Pues bien, el escritor sevillano toma las estrategias discursivas propias de la escolástica y la digresión de la ascética (sermones) como elementos distintivos. La influencia de los libros retóricos estaría muy presente tanto en el Guzmán como en La pícara Justina. El formato externo de la obra es una parodia a la estructura de libros como el Guzmán con tres libros en dos partes, y correspondientes capítulos (que varían entre ocho y diez). La pícara Justina es un «mamotreto»  de cuatro libros; el primero, en tres capítulos; el segundo, en tres partes, y cada una de ellas, en capítulos (dos, cuatro y cuatro respectivamente); el tercero, en seis capítulos, y el cuarto, en cinco capítulos. Los capítulos a su vez –excepto los del libro tercero y cuarto, se dividen en números (de dos a cuatro) excepto (cap.3 P.II, 2L y cap.3 P.III, 2L) titulados «De las dos cartas graciosas» y «Del bobo atrevido». A los cuatro libros les precede:

1.    Una «Tabla desta arte poética».
2.    Un «Prólogo al lector».
3.    Un «Prólogo sumario de ambos tomos».
4.    Introducción general.

El conjunto escrito parece más un tratado doctrinal que una narración autobiográfica[4].Cada número se inicia con un poema, que funciona como suma del contenido, y acaba con un «aprovechamiento» de infructuosa moralización. Esta estructuración escolástica además implica una serie de técnicas narrativas como la premonición, que adelanta el final de sus aventuras restando interés novelesco a la trama. No hay duda que sigue el camino escolástico (de la definición a lo definido y de la sentencia al ejemplo) como el Guzmán, pero que resultado tan distinto. Los estudiosos han visto en esta enredada estructura un propósito paródico que no dudamos: el uso de la autobiografía, las digresiones morales — aunque falsas—, los apólogos, los cuentos, las historias mitológicas (fingidas) o las promesas de unas continuaciones (inexistentes) dan fe de ello. La estructura bebe de las fuentes de la escolástica y depende —como señaló Edmon Cross (1967)— de las enseñanzas de Retórica.
Así pues, la composición, como las técnicas, como su ideario estético obedecen a la más rancia tradición escolar, y por tanto, la obra está sugestionada por: «la tradición literaria para–escolar de las «misceláneas», «silvas», «inventarios», «diálogos», «jardines», etc., no sólo por los materiales y recursos técnicos o estructurales que la configuran, sino porque también así interpretó su público contemporáneo que estaba concebida» (Rey Hazas: 1984: 201).





[1]Rey Hazas, Valentín Pérez Venzalá, Roncero López, Rosa Navarro Durán, Francisco Rico, etc.
[2]El pliego fue descubierto en el Catálogo Bonsoms de la Biblioteca de Cataluña (sig.10854) por J. Manuel Blecua quien lo publicó en 1977 con una nota introductoria. Más sobre el tema en Luc Torres (2005).
[3]Recordemos que es en estos años cuando se publican los principales libros de pastores, las novelas moriscas o fronterizas, manifestaciones literarias inexistentes en el momento de la publicación del Lazarillo, pero que dejarán, juntamente con la prosa doctrinal, (Fr. Luis y Santa Teresa) una impronta decisiva en el Guzmán. Como así se ve con la intercalación de la novela morisca (Ozmín y Daraja).
[4]Antes estaría relacionada y sería deudora de textos religiosos como el Breviloquium of st. Bonaventurey la Monarchia mystica de la Iglesia, hecha de hieroglíficos (1604) como apuntó Joseph. R. Jones. En el número primero «Del fisgón medroso» (Cap.I, L.I) leemos a Perlícaro echarle en cara a Justina que quiera contarnos su vida «a enviones de capítulos y sobretones de números, como si fueran las obras del buen san Buenaventura». Otro modelo inspirador como muy bien señalaron Puyol y Bataillon fue la Vida de san Raimundo de Peñafort (1602) del dominico fray Andrés Pérez –supuesto autor del La Pícara para una parte de la crítica-, por el uso abundante de jeroglíficos. Para el maestro galo parece indiscutible que el autor chocarrero quiso burlarse del libro del dominico por las alusiones peyorativas que hace de él en la obra. 

Cuatro pícaras del siglo XVII




La novela picaresca dejó de ser dominio exclusivo de protagonistas varones cuando en 1605 se publica, El libro de entretenimiento de la pícara Justina. Por primera vez, en la novela picaresca, una mujer de baja extracción social asume el papel protagonista y narra su vida en primera persona. Con La pícara Justina se llega «a la plena aceptación de la mujer en el mundo de la picaresca»Frente a la heroína idealizada de la narrativa caballeresca, bizantina o pastoril, Justina solo puede compararse con sus antecesoras, Celestina[2] o Lozana[3] por sus manchas, vida amoral y protagonismo. Las tres (alcahueta, ramera y mesonera) se mueven en el mismo submundo, pero, solo el formato y estructura narrativa del Guzmán permite que Justina cuente su vida. La aparición de la novela de “López de Úbeda” y/o Baltasar Navarrete[4] actúa como desencadenante de la denominada picaresca femenina[5]. Bajo esta designación, tratadistas del Siglo de Oro[6] incluyen tres obras más, nos referimos a La hija de Celestina (1612) de Salas Barbadillo, La niña de los embustes, Teresa de Manzanares (1632) y La Garduña de Sevilla y anzuelo de las bolsas (1642), ambas de Castillo Solórzano. Los cuatro relatos se adscriben al desarrollo de la vida de la pícara según las estructuras modélicas del género picaresco y, por tanto, no hay otras obras de protagonista femenino en la literatura española del Setecientos que merezcan tal denominación[7].

La entrada de la mujer como protagonista en estas narraciones implicaba una serie de cambios en los elementos consustanciales del género picaresco. Los acercamientos inaugurales (Chandler, Romances of Roguery 1899 y Van Pragg, La pícara en la literatura española 1936), ya señalaron variaciones en la forma y fondo en los rasgos más categóricos de la preceptiva. El «mozo de muchos amos» desaparecía en los relatos con pícara por el principio de verosimilitud, que impedía a la figura femenina esa transición ocupacional. Sin embargo, no por ello, la pícara dejaba de ser nómada, muy al contrario, manifestaba una faceta muchísimo más versátil: gozaba de mayor libertad que sus homólogos masculinos. Asimismo, la incursión femenina traía consigo una serie de preguntas ineludibles: ¿comparten finalidad ambas novelas de protagonista distinto?, ¿consigue la pícara desplazar definitivamente los relatos con pícaro?, ¿qué referentes reales y/o literarios le sirven de modelo a la pícara? Era evidente que las referencias modélicas y la articulación del género picaresco operaban de diferente manera con una protagonista. La pícara no se podía juzgar bajo el mismo rasero que el pícaro, ya que la creación de los personajes estaba concebida literariamente como entes distintos. El género femenino del protagonista suscitaba una firme revisión sobre dos puntos de vista: el tipológico y el estructural, esto es, la relación de la pícara con su homólogo masculino y con otros personajes femeninos afines; luego la transformación de la picaresca y otras formas narrativas del Siglo de Oro.
Las novelas de pícara siguen la misma estructura que las de protagonista masculino, pero, se constatan notables desacuerdos; los rasgos diferenciadores por excelencia son dos, el antifeminismo y la técnica narrativa.
La protagonista de la picaresca femenina está ligada al contexto social de la mujer en el Barroco basado en el discurso patriarcal hegemónico antifeminista. Durante ese período, se intensificó el recelo hacia la mujer, que quedó arrinconada en un círculo de desconfianza sin precedentes. Los tratadistas utilizaron toda su artillería moralista para «reducir» a la mujer en la obediencia, humildad, discreción y silencio[8]. Se publicaron y reeditaron tratados, obras didácticas y morales con clara intención preventiva y correctiva: La Perfecta casada (1583)[9] de Fray Luís de León o Espejo de la perfecta casada (1637) de Fray Alonso de Herrera son muestra de ello. Los pensadores y legisladores solo reconocían dos estados para la mujer: el matrimonio y el convento; esto se resumía en cuatro expectativas posibles de vida: doncella, casada, viuda y monja, fuera de estas convenciones sociales, la mujer se convertía en un parásito social con una única salida posible: el comercio prostibulario.
La mujer subversiva real fue rentabilizada por los autores de novela picaresca y concretamente de la modalidad femenina, quienes se sumaron al discurso de los tratadistas obsesionados por controlar los movimientos de estas mujeres peligrosas, poniendo en las calles, a través de la ficción[10], mujeres libres, esto es, prostitutas no institucionalizadas. La pícara literaria del Siglo de Oro es heredera directa de Eva, que por aquel entonces había tomado relieve por influencia de las doctrinas cristianas, que la consideraban inductora del hombre a la funesta tentación. Justina, Elena, Teresa y Rufina encarnan todos los vicios según los manuales cristianos: son mujeres independientes, transgresoras, ambiciosas, astutas, vengativas, vanidosas, ingeniosas, mentirosas, sensuales, ladronas, amigas de los afeites, artistas, burlonas y bellas.
 El código marcadamente misógino de estos relatos se potencia con el tratamiento que el autor hace en las relaciones amorosas de sus heroínas. En el siglo XVII, los líos amorosos con el sexo femenino suponen un desafío capaz de trastocarlo todo y se presentan bajo parámetros opuestos al del amor cortés (Cárcel de amor, Amadís de Gaula, La Diana, Abencerraje, etc.,)[11] tan en boga en el siglo anterior. Con Mateo Alemán, el amor carnal se plantea como pura lascivia y denigración (Guzmán prostituye a Gracia) y en las novelas con pícara, además de incrementarse, opera como modus vivendi de las protagonistas. Las aventuras amorosas de Justina, Elena, Teresa y Rufina funcionan como trampolín para la ascensión económica e integración social a través del matrimonio ventajoso. La pícara pasa de buscona a señora y de paria a doña, porque sus sucesos vitales giran en torno a la caza de un marido rico y desplumar incautos. Su curriculum afectivo integra a los más diversos tipos: viudos, viejos ricos, peruleros, corcovados, castrados, lampiños, tahúres, ladrones, rufianes, hidalgos venidos a menos, etc,.
Esta silueta literaria femenina transgresora precisó de un discurso narrativo con una arquitectura o técnica especial. Aunque estos relatos siguen al modelo del pícaro canónico en el uso de una narración ulterior (la protagonista cuenta su propia vida), carecen de la distancia narrativa entre autor y narrador autobiográfico (narradora y personaje) observable en los relatos preceptivos.  Justina, Elena y  Teresa  cuentan su vida  desde la niñez y en primera persona, pero realmente son autoras implícitas representadas: la voz de la narradora está continuamente interrumpida por el autor implícito, que se superpone a ese yo protagonista. Esta instancia intermedia actúa como un mediador entre la pícara y los lectores, que incluye un mecanismo moral distinto al de sus homólogos masculinos: las pícaras se excusan de sus propias faltas y culpabilizan a las demás mujeres y, a diferencia de sus homólogos masculinos, no experimentan contrición alguna, sus narraciones son un continuo devenir de episodios indecorosos por los que no mostrarán arrepentimiento ni expiación[12]. En las pícaras no hay ni evolución moral, ni superación final; detrás de sus discursos, la mano demiúrgica del autor dirige el texto, sugestionada por la mentalidad antifeminista del Barroco.
La pícara literaria, al final de su trayectoria, goza de cierto triunfo y consigue cubrir unas metas sociales mucho más dignas que las del pícaro. Esta prima vital podría, a priori, reñir con el rasgo misógino explotado en estos relatos. Frente al realismo de la novela picaresca masculina, donde el pícaro queda atrapado en la marginalidad, las pícaras nos sumergen en un final bastante célebre (exceptuando el de Elena). Un happy end que obliga a reflexionar sobre algunas cuestiones: ¿es la ficción de la novela picaresca femenina una fábula muy alejada de la realidad?, ¿la independencia de la pícara literaria era tal cual en la realidad, o los autores hiperbolizaron el personaje? Si el ascenso social estaba vetado a las busconas, ¿por qué los autores lo describen así? Y, ¿es posible que en la sociedad patriarcal del XVII, una mujer libre pudiera hacer realidad sus fantasías ilegítimas?[13]. Lejos de respuestas definitivas y perentorias, estos relatos podrían funcionar como manuales preventivos para advertir de los peligros ocultos que hay detrás de este tipo mujeres si se las encara con actitud complaciente. A través de ellos, el lector barroco entendía lo que podía llegar a pasar si una mujerzuela indomable lograba acomodarse en los estamentos más pudientes. Las narraciones de pícara protagonista carecen de la moralidad propiamente consensuada en los relatos canónicos (crítica social y de costumbres) porque el mensaje es otro: introducir el cometido antifeminista:  «Interesa que la pícara triunfe para corroborar la astucia innata y maliciosa de la mujer y la necesidad que tiene el hombre de precaverse contra ella» (Sáinz González, 1990:42). Por otro lado, los autores mostraban así una visión decadente, satírica, cínica y realista de la España que les tocó vivir y el triunfo de la pícara no era más que el reflejo de una sociedad en descomposición y debilitada, incapaz de imponer sus reglas.






[1] Alborg (1967:475).
[2]«Celestina es el primer ejemplo de protagonista femenina que nos introduce la forma moderna en un mundo complejo en el que los grupos sociales menos favorecidos y marginados empiezan a emerger, a opinar y a rebelarse en la medida de sus posibilidades. Ella es la primera protagonista de entidad literaria perteneciente a la clase social baja y, sin duda alguna, un personaje que tiene conciencia de sí misma aunque su moralidad sea dudosa» (Song, S, 2000:53). La alcahueta de Rojas asumía un papel muy activo y sentaba las bases para futuros arquetipos como fue el caso de la pícara seiscentista.
[3]Algunos críticos, como Bruno Damiani, han señalado las analogías entre la picaresca y la Lozana Andaluza. La obra de Delicado: «marca el principio de la picaresca en el mundo rufianesco y lupanario de la prostitución romana (1969:13-14).
[4] Sobre la autoría, véase las últimas propuestas Picaresca IV, Rosa Navarro Durán.
[5] Considerado por los tratadistas del Siglo de Oro como una modalidad o subgénero dentro de la picaresca tradicional. Con este marbete la designan en sus ensayos y estudios investigadores como: Francisco Sánchez-Díez (1972), Rey Hazas (1986), Fco. M. Soguero (1997), E. Sáinz González (1999), Soledad Arredondo (1993), Janine Montauban (2003), Enriqueta Zafra (2009) o  Rodríguez Mansilla (2012).
[6] las ediciones con rigor crítico, aparecidas los últimos años sobre la picaresca femenina las firman Rey Hazas, M. Soledad Arredondo, García Santo- Tomás, Rosa Navarro Durán, Rodríguez Mansilla, Luc Torres, entre otros, que han seguido la senda abierta en su día por Van Pragg, P. Dunn, Thomas Hanrahan, Edwar Friedman o Anne Cruz. Todos estos acercamientos han puesto de manifiesto las singularidades y diferencias que como personaje literario, la pícara ha aportado a la poética picaresca.
[7] Pablo J. Ronquillo (1980) ha contabilizado hasta doce pícaras entre las que se encuentran las cuatro objeto de este estudio, y las protagonistas de las novelitas: El escarmiento del viejo verde (1615), La niña de los embustes (1615), La dama del perro muerto (1615), El coche mendigón (1620), La sabia Flora Malsabidilla (1621),  todas de Salas Barbadillo, y Las harpías en Madrid (1621) de Castillo Solórzano. También Van Pragg (1936) incluye en la nómina a Cristina (El coche mendigón), Teodora (La dama del perro muerto) y a Flora (La sabia Flora malsabidilla). Por el contrario, Rey Hazas, y siguiendo su criterio, incluye en la lista solo a las cuatro féminas objeto de este estudio porque: «se integran en formas novelescas muy diferentes a las picarescas, aunque sus rasgos, a veces, sean coincidentes. Porque la descripción de una verdadera pícara necesita obligadamente el desarrollo de una vida según los cánones constructivos del género picaresco» (1986:92).Hanrahan (1967), Soledad Arredondo (1993), Fco. M. Soguero (1997), Luc Torres (2002),  Rodríguez Mansilla (2012) y Eugenia Sáinz González (1999) opinan lo mismo, Justina, Elena, Teresa y Rufina son las exponentes de la modalidad femenina. Para García Santo-Tomás (2008) solo son estas cuatro las pícaras las que se pueden encuadrar en esta tradición. No incluye a La Lozana andaluza o La Gitanilla por utilizar un esquema narrativo muy diferente.
[8]El tema sexual ya apareció en la literatura medieval como en el Libro de Buen amor o el Corbacho, sin embargo, mientras en la sociedad del Medievo los estamentos sociales no peligraban a pesar de ciertos desvíos, en la sociedad barroca el sistema se derrumba y los hombres temen que el sector femenino aproveche sus cualidades eróticas para subvertir las normas y alzarse con el poder en todos los ámbitos sociales.
[9] Este manual didáctico describe el modelo de mujer ejemplar española de su época. Además enseñaba a las mujeres a imitarlo.
[10] Con Alemán se convierte en una hostilidad. Los continuadores del género vieron esa opción propia de la materia picaresca y la manejaron según su criterio.
[11] En toda la tradición literaria, el tema amoroso está muy ligado a la mujer; la materia erótica fue una constante en la literatura e iconografía medievales (Libro de buen amor), sin embargo, en la Edad Media, los desvíos no alteraban ni corrompían el orden estamental establecido (cada uno conocía su estatus y se mantenía en él).
[12] En el Guzmán la distancia narrativa se observa nítidamente  cuanto el personaje escribe desde el punto de vista de un hombre arrepentido. Experiencia tras experiencia han conformado su visión presente del mundo desde su «atalaya», en este caso, la distancia entre narrador y personaje es sustancial y deja bien claro la evolución que Guzmanillo ha sufrido.
[13] ) En el caso de las mujeres honradas, el hecho de demorarse  más de lo debido en el trayecto de ida o de vuelta a la iglesia, suponía una deshonra o desprestigio para el honor de la familia.

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